Foto de un servidor en el pre-partido con Stephen Curry de fondo

La primera vez que pisé el Scotiabank Arena fue un 24 de Septiembre de 2018.

Todavía ponía Air Canada Centre en algunos de los carteles en el que era el media-day de los Raptors — y oficialmente el primer día de la era Kawhi Leonard. Llevaba solo 23 días viviendo en Toronto. En escasas 3 horas pude entrevistar rápido a Ibaka, hablar un segundo con Scariolo, ver la primera rueda de prensa de Masai Ujiri con Leonard y Danny Green y poco más (sí, la de la carcajada de Kawhi). La franquicia volaba para empezar la gira de pretemporada y yo, ilusionado como un niño de tres años que ha visto por primera vez a Santa Claus, de vuelta a mi casa.

Fast forward un mes entero hasta finales de Octubre. Vuelvo al Scotiabank Arena, pero esta vez a cubrir un partido NBA. Los Mavericks visitan Canadá, en la que es la primera vez de Luka y la última de Nowitzki. Y es mi primer partido de la temporada, de los 50 que jugaría Toronto en casa el año pasado. Bajo las escaleras del acceso de prensa, y tras un registro rápido y recoger la acreditación, ahí está por fin: el parqué del Scotiabank Arena. En el pasillo, antes de salir a pista, una cara conocida: Mark Cuban. Y calentando, Salah Mejri, Ryan Broekhoff y el banquillo de los Raptors.

Y ahí, por primera vez, me siento un privilegiado.
It hits me.

En mi vida he tenido suerte. Antes de llegar a Toronto, tenía en mi currículum dos temporadas cubriendo al Barça de baloncesto, incluyendo la Final Four de Milán, además del Mundial de España de 2014. Había visto a algunos de los más grandes, desde Curry, Rose, Harden, Anthony Davis o Kyrie, además de Pau, Marc y Ricky Rubio, o estrellas físicamente más cercanas, como Navarro, Sergio Llull, Rudy Fernandez o Luka Doncic. Ni siquiera era mi primera vez en un partido NBA, estuve un año antes en el TD Garden. Pero un año entero de NBA es otro rollo, es algo distinto.

Una semana después, los Sixers de Joel Embiid y Ben Simmons. Y desde ahí, el resto de la NBA: Anthony Davis, Blake Griffin, Bradley Beal, Dwayne Wade, Kevin Durant — en el mejor recital individual que he visto en directo en mi vida —, Klay Thompson, Giannis… todos. Bueno, todos menos dos: El primero, LeBron James. Para cuando los Lakers visitan Canadá, la lesión que alejaría al rey de las pistas ya era una realidad. El segundo, Harden. Los Rockets llegan a Toronto cuando estoy de viaje. Y a los all-stars, a la élite de hoy hay que sumar los Vince Carter, Derrick Rose, Dirk Nowitzki. Las leyendas de la liga, las que veía hace 10 años todavía en Barcelona.

Aéreo del Scotiabank Arena en una de las retro-95 nights | © Alejandro Gaitán

Y mientras babeaba y veía partidos de baloncesto, a veces me permitía el lujo de poder hablar con los protagonistas. Calderón, los Hernangómez, Ricky Rubio, Pau Gasol o ex-ACB como Hezonja, Satoransky, Kurucs, Doncic o Dragic. Y por supuesto, Serge Ibaka, queridísimo en Toronto, y Marc Gasol. Era 7 de Febrero cuando Woj anunciaba su llegada a Toronto y a día de hoy, sigue siendo el jugador más educado y amable que me he encontrado en un vestuario NBA.

Hay noches especiales en un año. La primera vez que vi a Kawhi calentar, el ambiente la noche que volvía Vince — que podía haber sido la última, ver a Curry anotar triples desde el centro del campo estando lesionado, el tamaño de Marjanovic o Randle (sí, Julius). Y todo esto es solo antes de los partidos. Como chocar hombro con hombro contra Drake por el túnel del pabellón, sentir la piel de gallina al ver un pabellón entero entonar el Oh, Canada. Y poder ver en persona a Woj, Shams, Doris Burke, Lowe o Stein, confirmando que son reales.

Damn, it really hits me.
Hasta que Woj me robó la silla en la sala de prensa.

Porque anécdotas y momentos así, hay muchos. Como cuando le tuve que hacer entender a Dragic que los Heat estaban virtualmente eliminados: no me creía, ni él ni Dion Waiters, que tuvo que venir un entrenador asistente a confirmarlo. O cuando Biyombo me explicó que le encantaba venir a Toronto porque siempre le invitaban a cenar. El hecho de poder entrevistar a Marc una semana antes de su trade… y que me explicara indirectamente que sabía que iba a salir. Son las ventajas de poder estar en el vestuario antes y después de cada partido, local y visitante.

Y al final, no es oro todo lo que brilla. La sala de prensa de los Raptors o los Celtics no le tiene nada que envidiar a la de la Penya o el Barça, las ruedas de prernsa del entrenador rival se hacen en el pasillo con una lona detrás con el escudo de la franquicia. Muy de ir por casa, pero con el glamour de estar rodeado de los mejores del mundo en su trabajo: jugadores, entrenadores y periodistas. Esa es la magia.

Y la verdad, cuando lo pienso todavía alucino. Son ya dos temporadas, o una y media.
It still hits me.


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