He cáido. He vuelto a ver entera la utopía que Aaron Sorkin propone en esta última aventura suya en televisión. Es más que una serie para los periodistas: es más una crítica constante a casi todos los involucrados en el funcionamiento del cuarto poder, desde el más alto responsable político o directivo de un medio de comunicación, hasta el último usuario de internet y consumidor ocasional.

Por pillar, todos pillamos. Y lo gracioso es que la última temporada, es en 2014. Ojalá hubiera visto el uso que el periodismo le da hoy día a las redes. Y ojala no hubiera pillado él por lo que hizo en la segunda temporada, así podríamos ver algo más que 26 capítulos de 50 minutos.

[Alerta SPOILERS] 

Se le ha criticado duramente, se le ha acusado de lucimiento personal y de crear una serie intelectual para poder atacar a los republicanos y al Tea Party, pero algo ahí más allá [aunque el Tea Party lo suela poner muy fácil]. Es estilo Sorkin, la extrapolación al máximo nivel del mundo al que decide embarcarse: lo hizo en El Ala Oeste, lo hizo en The Social Network y lo ha hecho ahora.

Diálogos sobre la ética periodística, el honor y la dignidad laboral, los musicales del siglo XVI, la lucha contra el periodismo de revistas y cotilleo y mil conceptos sobre los valores más. Monólogos de lujo, conversaciones al pace de los Warriors y subidas de tono [gritando, no eróticas], momentos de tensión rotos con un humor sencillo… todo al más puro estilo Sorkin. Y claro, tuvo que pedir perdón. Primero porque no quería dar lecciones a la prensa, una prensa que se le ha comido con patatas, y segundo, afirmó que le gustaría volver a escribir todos los capítulos hasta la fecha porque ahora conoce como hacerlo. Con reescribir la segunda temporada bastaría.

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El piloto en sí ya es una demostración de principios: Sorkin saca a Jeff Daniels de la saga Dos Tontos Muy Tontos y lo convierte en un presentador de noticias, ex-fiscal y republicano que considera que USA no es el mejor país del mundo en un discurso que ya hubiera querido Mel Gibson para conseguir la libertad de Escocia. Ese monólogo cambia el devenir de Atlantis Cable News (ACN a partir de ahora) para siempre. Charlie Skinner (Sam Waterston) ficha a Mackenzie McHale (Emily Mortimer) como productora para formar un big-3 en prime-time y hacer las noticias que siempre han soñado. Cambiar la forma de hacer televisión: ellos lo llaman civilizar, evangelizar. Lo que la mayoría pensamos en primero de carrera pero que luego se nos pasa.

Ahí radica en parte la ética de la serie: Sorkin propone, exige y pide que los medios hagan las noticias, no que recojan lo que sucede. El ejemplo más claro es quizá la campaña de Mitt Romney que siguen en la segunda temporada. No le aporta nada a ACN, pero ahí están siguiéndola. Si en su otra gran obra de televisión, Sorkin se metía de lleno en la política, el guionista, productor y director ahora lo hace en el periodismo: tema difícil, Aaron. Cuesta engancharse a la serie, el primer capítulo dura algo más de una hora y cuarto, el resto entre 50 minutos y una hora, pero al final, con ver los dos primeros, tienes mono de ACN.

Mediante sucesos reales, algo que me pareció una increíble idea desde el día uno, Sorkin critica el trato de la prensa o la poca implicación por ir más allá y nos explica como lo deberíamos haber hecho. Aunque diga que no. La explosión del BP Deepwater Horizon, la muerte de Osama Bin Laden, la revolución árabe o el tiroteo de Tucson, con la congresista Gabrielle Giffords implicada. Además de citas típicas de los Estados Unidos como el aniversario del 11-S o las elecciones generales. Todo esto en una sola temporada que te deja con ganas de mucho más.

A la vez, crea diferentes tensiones de pareja entre su propio equipo [Will-Mac, Maggie-Don, Maggie-Jim, Don-Sloan…] para demostrar, después del El ala este de la Casa Blanca The Social Network, que las relaciones entre los protagonistas se le dan algo mejor, cosa que no era difícil.

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Pero en la segunda temporada, fracasa estrepitosamente. Tras las críticas, hizo aquello que Will, Mac, Charlie y ACN no han hecho: se asustó. Prefirió la audiencia fácil y cambió el cómo se deberían haber tratado ciertas noticias a un caso claro de mala práxis: el caso Génoa. A ACN le dan un mal chivatazo y mete la pata a niveles prácticamente imposibles en este país. Solo El Mundo se le podría acercar un poco. Y toda la temporada, hecha a base de flashbacks y recuerdos, gira en torno a ese suceso. Todo, para acabar volviendo al honor y la dignidad profesional. Y encima se mete en berenjenales romántico-pastelosos, pero deja a Jim y Maggie separados. Va, Sorkin, ¿en serio?

Pero para el último año, Sorkin vuelve a encender la mecha. La tercera temporada arranca con el atentado de la maratón de Boston, y Sorkin apunta hacia los twitteros y a la web Reddit. Al mismo tiempo, Neal Sampat (Dev Patel, el protagonista de Slumdog Millonaire) está involucrado en una trama de espionaje contra seguridad nacional, el FBI entra en la redacción de ACN para realizar una redada y quieren vender la cadena. Y claro, hay monólogos motivadores, diálogos realmente brillantes, más musicales de siglos pasados, filosofía griega y honor periodístico. Con el añadido de tener que solucionar todas las tramas amorosas que empezó en la segunda temporada. Casi lo consigue.

En los 26 capítulos, a uno le da tiempo de entender que el periodismo no es en absoluto así. Que no es Mackenzie obrando un milagro para que una pieza de 20 segundos quede perfecta o Maggie consiguiendo exclusivas por ética y buena persona, que no son filtraciones del gobierno americano o una constante batalla contra tu propia dirección. No, nada de eso. El periodismo es algo subjetivo. El periodismo es ciencia-ficción: explicar los hechos, dar las noticias y que la gente decida que sucede. No existe la objetividad ni la neutralidad, es importante asumirlo. Pero sí la verdad. Y aquí nos queda mucho camino por recorrer.

Un poco de humor. Nadie ha definido tan bien el sistema de trabajo de Sorkin -especialmente en The Newsroom- como Seth Meyers hizo en The Sorkin Sketch. 

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