Quejarse es la base de la sociedad. Quejarse es el pan de cada día, es la esencia del ser humano, el ADN de las personas, el ying del yang que es vivir. No exagero: las quejas, la envidia y el rencor son los tres pilares que mueven el mundo y que nos incitan a hacer grandes cosas. Cualquiera. Desde desayunar sano hasta donde salimos de fiesta. No hay otro motivo. De verdad, pensadlo.

Y es una ciencia todavía por estudiar, sinceramente. Por eso he venido hasta aquí, mi ordenador: para responder a vuestras dudas. De la queja, aclarar que hay dos activos principales. Vamos a denominar el quejador, aquel que remite la queja, y un quejado, sobre quien recae la queja, quien la sufre. Si yo me quejo a mi madre de que mi hermana no hace nada en casa [que es verdad], yo soy el quejador y mi hermana la quejada. Además aparece un tercer actor pasivo, el quejante: aquel que recibe la queja. Mi madre en este caso [¡hola mamá!]. Y todos son necesarios en una verdadera queja. 

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Expresar abiertamente tus emociones negativas, quejarse en voz alta, es algo necesario. Está bien. Para superar los lunes [o los domingos por la noche], para redimirte cuando tu delantero centro no mete un gol en tres meses, con la factura de la luz y el gas o lo mal que conduce ese imbécil [esa me encanta]. Está bien. Se ha estigmatizado como algo negativo, pero lo único negativo que implica es el sentimiento que esconde: te quejas de algo malo, y es hasta sano. Estudios random de hospitales mexicanos aseguran que guardar el rencor ayuda a expandir el cáncer

La queja puede ser constructiva, si se hace de manera educada y de frente al quejado (que pasa a ser también quejante). Puede ser necesaria para arreglar una situación negativa, en una pareja, en un trabajo, en una familia, amigos. Pero sobre todo, debe ser una manera de evolucionar, de crecer, de ser mejores. Los griegos se quejaban de que no tenían decisión en la política y se inventó la democracia. Lutero se quejó de la iglesia, la ciudad de Boston del trato Reino Unido, Rosa Parks  del racismo, los veganos se quejan de casi todo lo que no sea ser vegano. La mayoría de avances vienen de la mano de una queja. 

Evidentemente hay matices, quejarse es lícito –y necesario, insisto– siempre que se haga de manera apropiada. Sin faltar excesivamente al respeto. Nos han vendido la moto que no podemos quejarnos para luchar por nuestros derechos, por nuestra hora extra de sueño o por un trabajo digno. Por si acaso, no lo hagas en Twitter sobre cualquier ex-político, político o futuro político de derechas, por muy falangista que fuera en su momento. O a las espaldas de tu jefe sobre las 170 diferentes maneras que has planeado para matarlo. 

No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. No sabemos el placer que es quejarse hasta que no puedes quejarte, hasta que te lo prohiben, te recomiendan no hacerlo o te meten en la cárcel. Quejarse es como rascarse la picadura de un mosquito, se vuelve un vicio incontrolable que puede ser dañino en exceso, pero que en cantidades moderadas y siempre bajo control, resulta placentero. Hasta que la picadura, ya en forma de costra, se va, y nuestra frustración desaparece. Hasta que llega otro nuevo, mosquito o motivo de queja. 

PD. Mi consejo profesional de quejas: si pueden añadir un joder, coño o puta en mitad de la queja, suena mucho mejor y uno se queda más a gusto. Siempre es mejor “una puta mierda de día” que simplemente “una mierda de día”.

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