Lance ya era una leyenda del pasado, vivía para su fundación y invertía su ocioso tiempo en maratones y otros acontecimientos deportivos. Livestrong tenía el apoyo de todos los campos de la sociedad y para los enfermos de cáncer una referencia y ejemplo a seguir. Pero como hicieron Romario, Jordan o más tarde haría Schumacher, decidió volver. En Septiembre de 2008, anunció públicamente su retorno para el curso 2009, ahora en las filas del Astaná, de la mano de Johan Bruyneel y al lado de Alberto Contador, ex campeón y máximo favorito del Tour.

La edad no perdona y Lance, lejos del que fue, finalizó tercero un Tour en el que el equipo kazajo se desvivió por ayudar al tejano y acabó fracturado por todos los costados. Alberto volvió a vencer en la ronda gala, por delante de Andy, Lance y Andreas Klöden, también de Astaná. Última vez, pero, que correría con Alberto, Astaná y el resto de secuaces: a finales de 2009 firmó un contrato con RadioShack Corporation para crear, junto a Bruyneel, el Team RadioShack. El 2010, no fue mucho mejor para Armstrong, que finalizó 23º en su decimotercera participación en el Tour, por detrás de tres de sus gregarios, Levi Leipheimer, Chris Horner y Andreas Klöden. El Tour Down Under 2011 fue su última gran competición de prestigio y en enero de 2011, dijo adiós definitivamente para volver, como a los 14 años, al triatlón. Armstrong estaba fuera, vía libre para los vampiros.

Salieron a la luz las primeras sospechas a raíz de la relación entre Armstrong y Michele Ferrari [en el centro de la segunda imagen], conocido por sus constantes affaires con el dopaje. Innovador en la evolución de técnicas de entrenamiento desde 1984, logrando espectaculares avances en los aspectos físicos de los ciclistas de montaña. Como recompensa, recibía entre el 10 y el 20% de las ganancias sustanciales de cada ciclista tratado. En 1998 explotó el caso Festina en el transcurso del Tour de Francia, desmantelando la mayor trama de dopaje internacional hasta la fecha. Bruno Roussel, Eric Rijkaert y Willy Voet, director, médico y masajista del equipo español fueron los principales imputados por el uso de sustancias ilícitas, especialmente EPO (entropoyetina, hormona indetectable por aquel entonces, que aumenta la resistencia), hormonas de crecimientos y testosterona. Los nombres de Armstrong y Ferrari se relacionaron directamente con el caso, e incluso el médico fue imputado por fraude deportivo. El ciclista del US Postal rompió su relación con el preparador, pese a que afirmó que “nunca le había sugerido, recetado o facilitado ninguna droga”.

Desde ese momento, la imagen de Armstrong fue intrínsecamente ligada a la sombra del dopaje. En 1999 una denuncia anónima llegó a la UCI, todavía dirigida por Verbruggen,  viendo la luz 2000 y acusando directamente a Lance, principal referencia publicitaria de la ronda. Amenazó con no participar en el Tour de 2001 y unos simples análisis de orina y sangre, en Agosto de 2002 (dos años y medio más tarde), cerró el caso. Todos contentos.

Hasta 2004 la vida del ya pentacampeón rebosaba tranquilidad, pero el libro L.A. Confidential publicado por los periodistas Pierre Ballester y David Walsh en el que la ex masajista del equipo, Emma O’Reilly, citaba frases del ciclista en el que la obligaba a eliminar jeringuillas usadas o maquillaje para ocultar las marcas de las agujas. Otro testimonio, Steve Swarts, lanzó la piedra más lejos: acusó al Motorola a iniciar el dopaje en 1995, todavía con 24 años. Armstrong denunció al Sunday Times por publicar partes de dicho libro y venció en los tribunales. Enésima lucha victoriosa, pero la liebre ya corría y para Marzo de 2005, el que fuera asistente personal de Lance, Mike Anderson, presentó una denuncia tras asegurar haber encontrado en Febrero de 2004 una caja con el título de androsterina, un precursor de la testosterona, en la casa de Girona del tejano.

La mayor batalla de Lance fuera de las carreteras fue también en Francia, contra la prensa gala. El corredor hizo pública muchas veces la sensación de sentirse acosado por los medios franceses, especialmente L’Equipe, a los que acusaba de resentimiento por las victorias. El diario publicó, entre otras cosas, que las muestras de orina de 1999 contenían restos de EPO. En 2006 la UCI, ahora sí con Pat McQuaid al mando, dio la razón al US Postal en el informe Vrijman, que sostenía que los análisis fueron tomados de manera incorrecta. Pero ese mismo mes, el ex compañero de Lance, Frankie Andreu y su mujer, Betsy, afirmaron que tras pasar por el quirófano, Lance admitió consumir sustancias dopantes.

Pero el primer gran palo para Bruyneel, para la USADA y para Armstrong llegó con el positivo de Floyd Landis y su posterior admisión del consumo por parte de todo el equipo, incluido Lance. El siguiente es Tyler Hamilton, tres meses después de la retirada de Armstrong, quien afirmaba que había tomado EPO junto a Lance en los Tours del 1999, 2000 y 2001.

Las sospechas eran ya más que infundadas, todas las flechas señalaban al sí, pero la balanza no se acababa de bascular hacía Lance. Los dopajes consumados de, por ejemplo, Landis (Phonak), Hamilton (CSC) o Leipheimer, algunos ya con otros equipos, empezaron a levantar una alfombra que apuntaba sería muy grande. Pero nadie imaginaba que sería la mentira más grande jamás contada.

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