Después de escribir sobre continentes, periodismo ficticio o series que volveré a ver en un mes, he pensado en escribir sobre algo sobre lo que no sé. Bueno, algo que sí sé, o eso creo, pero no con toda la certeza. He pensado en escribir sobre lo valioso que sería saber de una vez por todas la diferencia entre estar feliz y ser feliz. Por que la verdad es que creemos que somos felices y la mayoría vive -vivimos– en un error. 

Me explico. La primera vez que tu equipo gana un título, la Champions, no es felicidad. Es sobreexcitación. Evidentemente que estás feliz, pero no eres feliz. Cuando apruebas una recuperación a la quinta, no es felicidad. Es alivio, alegría por no tener que pagar la matrícula otra vez. Puede que estés feliz, pero no eres feliz. Cuando ves por primera vez en tu vida el TD Garden no es felicidad. Es sentido de pertenencia a una comunidad.

La felicidad es lo más grande que nos podemos encontrar. Sí, encontrar. Ya puedes buscar, que de golpe, un día pasa. Es un momento, un click. Pero lo recordarás para siempre. Ese es el primer paso, encontrarla. Luego viene la parte más difícil, los siguientes pasos: uno, darse cuenta de que uno por fin es feliz (que no es fácil); dos, saber el motivo; y tres y más importante, saber mantener ese motivo cerca. Quien o lo que sea, convertir un golpe de suerte en una rutina de vida, algo que compartir cada día. Dejar de estar feliz y pasar a ser feliz a tiempo completo.

Soy un moñas, de cajón, pero sé como ser feliz. No tengo una casa, un coche ni mucho dinero en el banco. La ropa justa. Y definitivamente no es por mi trabajo. Por poner un ejemplo: hace poco, en Febrero, los Pats ganaron la Superbowl con una remontada inexplicable, imposible y vergonzosa si te llamas Matt Ryan. Y cuando acabó el partido era feliz, realmente feliz. Estaba sobreexcitado también, pero cuando se acabara ese sentimiento, la felicidad seguía ahí. La diferencia con aquella primera Champions es que ahora sé lo que necesito. Y no, no es Tom Brady.

Despertar en el Amazonas es delicioso. Visitar París, Berlín y Bilbao es obligatorio. Tumbarse en las playas de Cancún es necesario para la salud y vivir en Sídney es un sueño cumplido. Algo que forma parte de mi y que tendré para siempre en mi memoria, pero es gracioso: no recuerdo cuanto dinero tenía, qué ropa llevaba o si llegué en coche, bus o una nave alienígena. Solo recuerdo con quién compartí aquellos momentos.

Lo siento, soy feliz.

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